“Desde el vientre de mi madre he sido una campeona”

“Pero, ¿puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque se encontrara alguna que lo olvidase, ¡Yo nunca me olvidaría de ti!” (Isaías 49, 15)

Esta fue la respuesta divina que al igual que Pablo hicieron caer las escamas de mis ojos y pude recobrar mi vista.

Hace cinco años y nueve meses tuve mi encuentro personal y profundo con el Señor. He sido católica toda mi vida pero desde que conocí a Cristo a través de una depresión puedo decir que ahora sí soy católica.

Durante mis años universitarios mi enfoque principal era mis estudios y retarme para lograr metas altas en el área de la medicina; pero los planes de Dios no eran los míos. La depresión me descontroló todo, mi autoestima, mi seguridad… Me sentía vacía, atrapada, con un dolor en mi alma que solamente Dios podía sanar. Era como si de pronto alguien me tumbara de mi caballo y en medio de tanta oscuridad y confusión descubres que fuera de tus sueños y planes hay algo más sublime esperando por ti… era Dios. Le repetía constantemente a Dios, “Me siento sola, ¿tú existes?, no puedo más, ¿te has olvidado de mí?, siento que me has abandonado. No quiero ser igual, quiero que me cambies. Si me haces de nuevo yo te prometo que cantaré para ti.” Todo era silencio, pero en los momentos más desesperados donde para mí no había esperanza, Dios, aunque entonces no reconocía su voz, me decía: “Tranquila, tú puedes, no estás sola.”

Ante la falta que me hacía mi familia, decidí regresar a Puerto Rico para la semana de Acción de Gracias. Esa misma semana mi madre y mi tía me llevaron ante hermanos de nuestra Santa Madre Iglesia Católica para que oraran por mí. A medida que fuimos dialogando acerca de mis miedos y experiencias, Dios fue tomando y desnudando sutilmente mi corazón hasta llegar a mi más profundo dolor y raíz de mis inseguridades. Uno de los hermanos me preguntó: “¿Te sucedió algo cuando pequeña?”; Respondí: “Bueno, cuando mi madre estaba embarazada de mí, ella rompió fuente cuando yo tenía cuatro meses, yo nací a los seis pesando sólo dos libras. Eso es lo único que sé.” En ese momento llamaron a mi mamá para hablar con ella sobre su embarazo estando yo presente. Mi madre comenzó a relatar que sus dos embarazos anteriores habían sido dificultosos pero que, para la Gloria de Dios, habían nacido dos de los seres que más amo, mis dos hermanas. Tras la dificultad de sus embarazos, el médico le recomendó a mi mamá operarse ya que otro sería de alto riesgo; pero Dios desde lo más profundo de su corazón le decía que no se operara. Luego de cinco años, mi madre quedó embarazada de mí. Cuenta ella que a los cuatro meses, saliendo de su trabajo rompe fuente. Al visitar al médico, éste le dice que iba a ser un aborto natural y que no resistiría. Su única recomendación fue guardar reposo. Mi madre pasó dos meses en cama cuando un 19 de abril, en el hospital, al médico se le olvidó administrarle el medicamento pertinente y empezaron los dolores. Mi madre recuerda que las enfermeras decían “esos son los síntomas de un aborto. Ella no sobrevivirá.” Mi madre, católica  y con mucha fe en la intercesión de nuestra Santísima Madre, comenzó a pedirle a María que intercediera. Cuando cerró sus ojos, dice que el cuarto se resplandeció y que sintió una voz en su corazón que le dijo: “No temas, que tu hija vivirá.” Cuando el médico regresó, decidió intervenirla y yo nací un Jueves Santo pesando sólo dos libras.

Mi madre siempre ha sido una mujer de fe. Cuando se vio en tan desesperante situación de que podía perder a su hija sintió miedo e inseguridad. Yo desde su vientre sentía todo eso: la desesperación de que no podía respirar por falta de líquido amniótico, los pinchazos de las agujas que recibía cuando inyectaban la barriga de mi madre, la oscuridad, la incertidumbre, y sobre todo el miedo a morir.

La herida más profunda de mi corazón, que había desarrollado desde el vientre de mi madre, era el miedo  a morir. Tan pronto los hermanos empezaron a orar por mí, el Espíritu de Dios comenzó a sanarme y a restaurar  mi vida desde el vientre materno, sanándome de los recuerdos de los pinchazos (por eso le tenía tanto miedo y pavor a las agujas cuando me hospitalizaban por ser asmática), del miedo a la oscuridad, de la inseguridad… Ese día nací de nuevo. El viernes de esa semana fui por primera vez al círculo de oración. Al llegar hasta el predicador, Dios me dice: “Yo nunca me olvidaría de ti. Las lágrimas que derramas ahora, las recibo desde mi trono.” En ese momento recobré mi vista espiritual, corrí al Santísimo llorando. Como una niña le dije a Dios: “Perdóname, Tú de verdad existes…” Aquella Jannie llena de miedos, inseguridades y depresiones ya había muerto.

Estos seis años han sido los más hermosos de mi vida. Comprendí que desde el vientre de mi madre he sido siempre una campeona que luchó constantemente frente a las adversidades. Que Dios se ocupaba de mí en todo momento y que permitió que la placenta se moviera para que yo no fuera a ser expulsada. Que cuando más me faltaba la respiración, Él era mi líquido amniótico. Que cuanto más me pinchaban, más Él me sanaba con su ternura, que cuanto más sentía el miedo y la inseguridad de mi madre, Él recitaba a mi oído: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”. Que cuando más sola y abandonada me sentía en la oscuridad, me decía: “¡Yo nunca me olvidaría de ti!”

Quiero decirles a las mujeres que están embarazadas y que están dudosas en tener a sus hijos, que aunque mi madre, gracias a Dios no me iba abortar, sí iba a ser un aborto natural. Dios me da hoy la oportunidad de hablarte ahora, y decirte que estaré eternamente agradecida a Dios por haberme regalado el don de vivir. Todo mal ocurre para un bien mayor. Para ti, madre embarazada, unas palabras en nombre del hijo que llevas en tu vientre:

“Mami, yo sé que estás pasando por un momento difícil donde te sientes ahogada por tanta preocupación, miedo, inseguridad, por no saber qué hacer. Todo esto lo sé porque al tú sentirlo, yo también lo siento. Dios me puso en tu vientre como bendición. Quizás yo no estaba en tus planes, pero sí estoy en los de Dios para cumplir con una obra que solamente Él conoce. No te preocupes…  Él nos va a suplir a ti y a mí lo necesario para salir adelante, no te preocupes si papá o abuela no te apoyan, o no me quieran. Sólo Dios y tu amor me bastan. Dame la oportunidad de algún día mirarte a los ojos y decirte “mamá”. Dame la alegría de sentirme amado por ti. Dame la paz que anhelo sentir. Quiero que estés tranquila, que ya no llores. Dios nunca se ha olvidado de ti y mucho menos de mí. Busca ayuda, haz lo imposible porque salgamos adelante; nuestro Padre suplirá lo que nos haga falta junto a la Virgen. Mamá, ¡si vieras qué hermosa es! Cuando tú estás preocupada, Ella con su ternura me da mucha paz. Si vieras cuánto me cuida a mí y a ti; cuando contemplo su rostro, imagino que así de hermoso es el tuyo.”

-Jannie Guzman