No puedo perdonarme…

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Mi nombre es María, tengo 27 años y el más grande dolor en mi corazón. Quiero hacer este relato con el propósito de salvar vidas inocentes.

Hace unos meses empecé a salir con un hombre mayor, interesante, atlético, con una muy buena posición económica, deportista, inteligente, con buen sentido del humor, un excelente amante. Era un gran partido aparentemente.

Poco tiempo después de nuestro primer mes juntos, me enteré de que estaba embarazada. Fue una noticia un tanto preocupante, pues me encontraba en medio de un tratamiento médico bastante fuerte. Recuerdo el primer eco del bebé en mi quinta semana de embarazo. Su corazoncito latía tan fuerte, de seguro era un niño que tenía todas las ganas de vivir.

Mientras pasaba el tiempo, me di cuenta de que no quería mi vida al lado de este hombre, no lo amaba y pese a que me había propuesto matrimonio no me sentía segura. Empecé a sentir que el ángel que llevaba en mi vientre era un estorbo, una mala pasada, un problema; mi niño inocente que de NADA tenía culpa. Si no fuese ya suficientemente difícil el tema de la fuerte medicación que estaba tomando, que era muy mala en un embarazo, tuve otras complicaciones graves. Estaba algo desnutrida pues mi cuerpo no aceptaba casi lo que comía. Por la situación complicada hubo consultas seguidas al doctor y ver al bebé en los ecos fue la cosa más maravillosa que la vida pudo regalarme. Recuerdo los latidos de su corazón tan fuerte.

En fin, en la octava semana de embarazo tuve un gran problema con mi novio porque me había ocultado cosas de su vida pasada. Estaba dispuesta a terminar con esa relación. Luego resolvimos continuar y estaba dispuesta a tenerlo, me alegraba su venida. Pocas personas sabían de su existencia. Incluso mi hermana mayor decía que al fin nacería su sobrino favorito. Era un bebé muy esperado y amado antes de nacer.

En mi décima semana, por asuntos de la vida y apenas unos días antes de la boda, descubrí muchas cosas más de la vida de mi novio: divorcios, juicios de dinero, juicios de paternidad y hasta uno de violencia intrafamiliar de su ex novia. Él conmigo siempre había sido bueno, pero el diablo siempre está al acecho. Me enteré de todo esto y mi vida se vino abajo. Pensé en que no me casaría con él, pero tampoco quería yo asumir sola este “problema.” Qué problema iba a ser un ángel enviado del Cielo que de seguro venía a alegrarme la vida. Fui tan irracional, tan cruel, que decidí que no quería tenerlo. No sé por qué Dios en su infinita misericordia permite que la vida de seres tan inocentes y puros estén en manos como las mías.

Adicional a esto, no me justifico en lo absoluto, pero he tenido una infancia difícil. No tenía trabajo y el bebé, por los inconvenientes mencionados anteriormente, podía nacer con algún tipo de problema. Pensaba en que no quería una vida como  la mía para ese niño. De cualquier modo esta decisión no era mía. Encontré mil excusas para justificar el crimen que estaba a punto de cometer. Convencí a mi novio de que el bebé no venía bien y no quería tenerlo, pobrecito mío. En las ecografías tenía el tamaño perfecto de desarrollo para el tiempo de gestación y un corazón increíblemente fuerte.

A la décima semana y sin enfrentar a mi novio por su vida pasada, decidí terminar con el embarazo. Él me apoyó y me dijo que la decisión era mía, pero que pensara bien porque no quería que después nos arrepintiéramos. En mi estúpido egoísmo, dije que sí. No puedo creer la frialdad con la que actué esa noche, yo, que juzgaba tanto a las mujeres que cometían este tipo de crímenes, que me creía una hija de Dios, que hacía menos de un año que una amiga mía me contó que se hizo un aborto y la critiqué tan duramente. Esa noche maté a un inocente, un inocente que solo quería vivir. Le negué la oportunidad de ver la luz del sol, de conocer el mar, de tener una mascota, de ser un niño amado, no solo por su madre sino por toda su familia.

El primer mes después de perderlo, parecía algo natural. Estaba tranquila aparentemente pero, apenas un mes más tarde, quería morirme. Me di cuenta que cometí el más atroz de los crímenes. Maté a mi hijo, MI HIJO, mi inocente ángel, que jamás hizo nada malo. Entonces recordé que en mis oraciones tantas veces y tan fervientemente le pedí a Dios que me mandara un amor que estuviera siempre a mi lado y que me amara sobre todas las cosas. Dios lo hizo, me mandó un hijo, un hijo al que yo le quité la oportunidad de vivir, por egoísmo, pues él no había escogido a su padre. Era yo quien tuve una relación con ese hombre que luego me atemorizaba, e incluso siendo él su padre, la llamada a defenderlo y luchar por mi hijo era yo, su madre.

Ahora debería tener ya 6 meses de embarazo, me siento muy muy vacía, inútil, sin esperanza, sin ánimos de nada. Todas las noches le pido a Dios que me perdone y que por favor guarde a mi hijo de saber lo que le hizo su madre. Le pido perdón a mi hijo, al cual le puse un nombre, aunque no sé si era él o ella. Al menos ahora mi precioso hijo se encuentra con Dios; mientras tanto, yo tengo que seguir viviendo desde el cuerpo de una asesina.

Muchas veces he pensado en quitarme la vida. Realmente siento que no valgo nada, que no merezco nada. El cura que me absolvió me dijo que siguiera, que ayudara a necesitados. Lo he hecho, pero nada compensa o repara el daño que le hice a la vida que yo misma creé. Es un peso terrible en mi conciencia, un acto del cual jamás podré perdonarme. No sé si exista un infierno lleno de llamas y dolores, pero no creo que sea peor que el dolor que siento ahora que ya no tengo una razón para vivir. Mi hijo ya no está, no importa cuánto le pida a Dios que me perdone, o si voy a misa todos los domingos, o si hago buenas obras para otras personas. Acabé con la vida de un inocente que era un pedacito de mi vida.

Por favor, si piensan abortar, busquen ayuda, acérquense a Dios. Si no creen en Dios, busquen otros medios. El aborto puede parecer una solución en un momento desesperado, pero acabará con dos vidas, la de un inocente y la de la responsable. No importa cuán apremiante parezca una situación, un hijo siempre es una bendición. Daría lo que fuera por retroceder el tiempo y tener a mi bebé, poder decirle todos los días mientras viva dentro de mí cuánto lo amo, las ganas que tengo de verle, de besarle, abrazarle, verle crecer y apoyarle, mimarle, amarle. Todo esto me lo negué yo, en mi estúpido egoísmo. No crean que el aborto es una solución. Evítense este dolor tan grande. Créanme que si lo hacen NUNCA MÁS volverán a ser felices, jamás. Por favor recapaciten. No se puede jugar con la vida de nadie, menos aún con la de un inocente que nada ha hecho más que existir.

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