¿Por Qué el Verdadero Amor Espera?

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En un mundo en el que se precian los placeres instantáneos y las respuestas fáciles, esta frase te podrá parecer extraña o aun fantasiosa. Sin embargo, en tu interior sabes que dichos placeres y respuestas, aunque tal vez seductores, no contestan tus inquietudes ni llenan tu existencia. Te llamamos a ti, joven que no te conformas con lo superficial y lo mediocre. Te llamamos a ti, joven que buscas las respuestas correctas y la verdadera felicidad.

¿Por qué el verdadero amor espera? ¿Qué es la castidad? La castidad ejercita todas las virtudes cardinales: la justicia, la fortaleza, la prudencia, la templanza o moderación. Justicia porque se afirma la persona a sí misma y a los demás como seres con dignidad y valor intrínseco. Fortaleza porque requiere resistir y decir NO ante los halagos, las presiones o aun la burla de otros: la pareja, las “amistades”, el grupo. Prudencia porque requiere la recta razón y la aplicación de principios universales a acciones particulares. En especial, la castidad es una virtud de templanza porque requiere autodisciplina, autocontrol, el manejo de las pasiones y apetitos sensuales por la razón. Si controlas tu ingesta de calorías con el propósito de mantener tu salud y evitar padecer de los males que provoca la obesidad, cuanto más necesario el autodominio en la sexualidad. De ello depende tu salud física, social, y espiritual, al igual que la de tu pareja e incluso otros.

La castidad integra la sexualidad y la espiritualidad de la persona (Catecismo, n. 2337). El que seamos seres sexuales (“hombre y mujer [Dios] los creó”, Génesis 1: 27) no es una licencia absoluta, sino un regalo que conlleva unos deberes. “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? […] glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6: 19-20). ¿Sería correcto que un hijo convirtiera en quincallería la casa que se le ha cedido para que viva sana y felizmente con su familia? Mucho más grave es que se emplee indebidamente ese templo de Dios Padre que es nuestro cuerpo.

En el caso de los no casados (el noviazgo, el celibato, la vida religiosa), la castidad conlleva abstinencia sexual. En un matrimonio debidamente constituido y bendecido, la castidad exige que el acto conyugal, amoroso y abierto a la vida, sea expresión integral (física, intelectual, emocional, y espiritual) que fortalece y perfecciona dicha unión sacramental. La razón y la fe han de regir la capacidad sexual. Este autodominio es liberador.

La exhortación de castidad, sin embargo, no es sólo para los creyentes, sino también para los no creyentes. Cuando vence el instinto, la pasión, o el placer momentáneo, la persona se reduce a su aspecto animal, se desconecta de su humanidad y se aleja de su quehacer social. Las personas involucradas se reducen a mero objeto o instrumento de placer. De ahí que no duden en remplazar a la pareja de turno tan pronto no logran ese cometido, o usan a varias simultáneamente. Las personas se utilizan, se sustituyen y descartan como si fueran simplemente camisetas o pañuelos. Son esclavos aquéllos que se encuentran bajo el dominio o vaivén de las pasiones. Son esclavos del deseo insatisfecho y pasajero, la inestabilidad, la confusión, el vacío, la traición, el engaño, las apariencias, las vidas dobles. Se aíslan de sí mismos y de sus compromisos como parte de la sociedad. Sumemos a esto la alta probabilidad de que contraigan enfermedades de transmisión sexual que les marca a ellos, y a sus hijos, de por vida. Ya hay más de 25 de ellas — algunas sin cura y otras cada vez más resistentes a los antibióticos disponibles.

Esos mismos que hoy te instan a experimentar sexualmente bajo falsas promesas de liberación y felicidad, a tus espaldas te menosprecian, critican y condenan. Casi parecería que buscan excusar sus propios comportamientos desordenados por medio de seducir a más adeptos. Sin embargo, sea en su interior o públicamente, a corto o a largo plazo, censuran dichas conductas.

Las relaciones sexuales premaritales, el adulterio, la promiscuidad, el autoerotismo, la prostitución, el abuso sexual de menores, la violación, el incesto, y la adicción a material pornográfico son todas manifestaciones de una sexualidad desordenada. Ellas menosprecian la dignidad humana, y el verdadero carácter de la sexualidad, según lo dicta la propia ley natural. Demuestran que la persona no se valora a sí misma como tal, ni a su semejante. Manifiestan una ruptura, una desintegración personal. De la misma forma que un disco duro fragmentado provoca que la computadora sea lenta, errática, incapaz de ejecutar fielmente su función o lograr su propósito, así sucede con la persona fragmentada — solo que más devastador para ella y los demás. La castidad, por el contrario, afirma la dignidad humana, la totalidad del ser, tanto la propia como la del otro y posibilita que el verdadero amor nazca, madure, perdure y sea fructífero.

Incluso la falta de modestia o recato en el vestir y en el hablar, y aun el consentir pensamientos impuros, puede faltar a la castidad. Rompe esa integridad a la que debemos aspirar entre nuestros principios morales y nuestros pensamientos, palabras, actitudes y comportamientos. Distrae de la belleza natural que emana de la totalidad de la persona. Mancha, empobrece, deteriora dicha belleza. Algo luminoso se vuelve opaco y vulgar; algo especial se hace ordinario. La modestia guarda y cuida la castidad. La moda o lo que haga la mayoría o el grupo al que pertenecemos no necesariamente establece lo moralmente correcto. Por el contrario, podrían llegar a descarrilarnos de nuestras metas y posibilidades.

A veces por miedo al abandono o a la soledad, por curiosidad o por lucir liberados, por encajar en el grupo, por una estima propia desgastada, las personas se dejan arrastrar por la ocasión sensual. No cambiemos la verdadera felicidad presente y eterna por un antojo o placer que es, a lo sumo, pasajero.

Muchas parejas que sucumben a la pasión sexual prematrimonial descubren posteriormente que en realidad son seres incompatibles. Ese comportamiento les ofuscó, les proyectó una apariencia de compatibilidad que, en efecto, no existía. Su noviazgo se privó de la oportunidad de descubrir si tenían la afinidad de principios, intereses, ideales, planes y sueños necesaria para un matrimonio feliz. En vez de ser la antesala—rica en comunicación, ilusión y promesa — para la unión matrimonial, su “noviazgo” fue simplemente un juego u otro “amorío” más. Les cegó el frenesí de una intimidad ilusoria. Cayeron en los errores de pensar que la intimidad sexual es necesaria para mantener una relación, o que “complacer” de esta forma a la pareja es señal de amor o compromiso. Ni lo uno ni lo otro. Lo que creyeron ser prioritario, necesario, o liberador, les acorraló y les perdió. De hecho, muchos estudios han demostrado que las parejas que esperan hasta el matrimonio para consumar su unión tienen una relación más duradera, estable y feliz, menos propensa a la violencia doméstica, la separación, el divorcio o la infidelidad.

¿Usarías una obra valiosa de arte como leña para avivar el fuego? ¿Usarías un brillante exquisito como mezcla de cemento? ¿Usarías un vino costoso para regar el jardín? Por supuesto que no. Menos aún se justifica el uso y el abuso de tu sexualidad con los fines y medios incorrectos. Su plena expresión en un matrimonio debidamente constituido y bendecido tiene dos fines esenciales: el unitivo y el procreativo, el genuino amor y la participación en la obra creadora de Dios. El dar recíproco, el respeto mutuo, la comunicación, la fidelidad, la integridad y la apertura a la vida, son sus ingredientes indispensables.

Tal vez te preguntes qué te ayudará en el camino de la castidad. Si aún eres adolescente, emplea esta linda etapa de tu vida en actividades propias de tu nivel de desarrollo: estudia, forja buenas amistades, disfruta de pasatiempos sanos. No pretendas saltar pasos y jugar a una adultez mal entendida. Lo lamentarás luego. Y tú, joven o adulto: Ora. Edúcate. Conócete. Trabaja. Comparte con amistades que tengan tu edificación como norte, al igual que tú la de ellos. Emplea tu tiempo libre en actividades constructivas: visita a tu familiar o vecino enfermo o anciano, llévale una comprita y un mensaje de amor y de esperanza; lee buena literatura; escucha o practica buena música; contempla la naturaleza. Utiliza tus talentos para el bien: si escribes, si cantas, si dibujas, si tienes competencias como maestro, comunicador, líder, u organizador, colabora con entidades que contribuyan a los valores fundamentales. Ejercítate en el parque, la playa, el gimnasio; pero, ante todo, ejercítate en las virtudes.

Si realmente ese ser especial te ama, querrá lo mejor para ti y esperará hasta el matrimonio. Igualmente tú. Sí, el verdadero amor espera. La castidad lo protege, lo ennoblece, lo alimenta, lo hace signo digno y fiel de tu integridad personal y del Amor de Cristo.

Este artículo ha sido republicano con el permiso de Fielesalaverdad.org

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1 Comment

  1. Zulma Lisbeth Ascencio Mesa on

    Que excelente artículo, es importante tener en cuenta que en la actualidad la música, la moda, los comerciales y la tv, sólo traen mensajes que distorsionan lo que es el verdadero amor y los principales receptores son los niños y los jóvenes, incluso bajo el consentimiento de sus padres, por falta de discernimiento se consiente y es hasta normal que los jóvenes o prácticamente niños empiecen a temprana edad a ejercer su sexualidad bajo una falsa libertad, que realmente los convierte en esclavos del pecado. Es importante orientar desde la familia a nuestros hermanos, sobrinos o amigos para que lo valioso no sea estar a la moda o vivir como lo dispone el mundo, si no que ante todo somos hijos de Dios y sólo el puede disponer de nosotros. Estamos en el mundo pero no somos del mundo, con los pies en la tierra pero los ojos siempre fijos en el cielo.

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